Tras una prolongada espera, el primer libro que compila el arte de Raúl Cruz Figueroa (RACRUFI), sale por fin al mercado. Nuestro pasado rockero nos hace evocar las imágenes del artista aparecidas en revistas como Conecte/Banda Rockera hace cerca de 30 años, de igual manera sus ilustraciones para algunos discos de corte metalero, hasta llegar a presenciar la promesa de impulsar su trabajo por parte de Manelick de la Parra, que no pasaría de ser la imagen oficial de los carteles de alguna MECyF.
De ese tiempo a la fecha, RACRUFI ha pulido su trabajo de tal manera que se ha convertido en un artista fácilmente identificable, aún más allá de nuestras fronteras, su fusión de tecnología y ciencia ficción con mexicanismos, que van de lo prehispánico a lo urbano, lo ha posicionado como el realizador de arte fantástico más reconocido del país. El arte que se presenta en este volumen, de gran lujo, hay que apuntarlo, nos demuestra las facultades del artista en el manejo de diferentes técnicas, con resultados increíbles.
Lamentablemente, este tipo de trabajos no despiertan el suficiente interés de las casas editoriales, por lo que los artistas optan por la independencia. Pero a veces, este tipo de apuestas tienen sus “asegunes”, pues la obra no sale en su totalidad como se desea. Detalles como la falta de corrección de estilo en los textos o algunas laminas opacas, muy tenues, o muy fuertes, pueden convertir lo que debiera ser Él libro de arte fantástico, en un buen intento. Esperemos que estos pequeños detalles se corrijan en una inminente segunda edición. El tomo fue impreso por Tinta Negra y Roja, a quienes debemos la publicación de Santo de mi Devoción.
- Contacto: racrufi.com
- Texto cortesía Comikaze













Por otra parte tenemos los análisis de la imagen que a lo largo del tiempo, por parte de expertos en arte antiguo, se han realizado. El restaurador José Sol Rosales, en un estudio realizado a petición del ex abad de la basílica de Guadalupe Guillermo Schulenburg, concluyó en 1982 que la pintura fue hecha usando diversas variantes de la técnica modernamente conocida como temple. El técnico llegó a la conclusión de que el manto -de 1,7 metros de altura y 1 metro de anchura- es una tela mezcla de lino y cáñamo y que los pigmentos -a base de cochinilla, sulfato de calcio y hollín- son los empleados en el siglo XVI.
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