The Odissey. USA (2026)
Dir. Christopher Nolan
Reparto: Matt Damon, Anne Hathaway, Zendaya, Tom Holland, Robert Pattinson, Lupita Nyong´o, Samantha Morton, John Leguizamo.
Christopher Nolan está de vuelta con una de las apuestas más arriesgadas y probablemente más polémicas de su carrera. El cineasta asume la empresa de adaptar para la pantalla grande un clásico de la literatura occidental: La Odisea, de Homero, una historia que transcurre entre mitos, leyendas y sucesos de la vida cotidiana en la Grecia micénica, el periodo anterior a que esta alcanzara su gran esplendor como civilización.
No es la primera vez que se adapta al cine, y eso también forma parte de la crítica que puede hacerse al asunto: cada adaptación ha tomado decisiones narrativas, culturales, escénicas, de casting y de otros ámbitos, según el mensaje que busca reforzar a través de su montaje cinematográfico.
En este trayecto, por supuesto, resulta de interés preguntarse por qué este antiguo relato sigue siendo relevante para las generaciones actuales y cómo transmitir el mensaje original de la obra en un lenguaje y con códigos reconocibles en el presente.
No deja de ser interesante que una historia escrita hace aproximadamente 3,000 años siga considerándose fundacional tanto para la literatura occidental como para la construcción del modelo arquetípico del viaje heroico, que continúa siendo referencia para muchos tipos de historias en la actualidad.
En realidad, si ha seguido vigente hasta nuestros días, es gracias a su carácter de relato universal, ya que aborda experiencias humanas que trascienden épocas, culturas y contextos. Construye arquetipos —patrones universales de la experiencia humana—, no estereotipos, que son generalizaciones simplificadas, y generalmente no del todo verdaderas, acerca de un grupo de personas o situaciones comunes como la muerte o la guerra.
Para empezar, hay que decir que Nolan no es ningún novato en contar historias no lineales, complejas en sus paradojas y en la construcción de arcos para sus personajes. Algo como el viaje de regreso de Odiseo a Ítaca, después de la batalla de Troya, encaja perfectamente en ese tipo de relato que sin duda representa un gran reto para cualquier cineasta.
Pero Nolan no solo enfrentaba, incluso antes de presentar la película en pantalla, la ácida crítica sobre si sus decisiones artísticas eran las correctas. Se le acusó —entre otras cosas— de que la elección del reparto no correspondía a la descripción original de los personajes —cualquiera que sea el modo en que se entienda eso— y de haberse tomado “libertades creativas” que lo apartaban de una total fidelidad al texto.
Aquí es importante decir que eso de la fidelidad se vuelve bastante ambiguo cuando tomamos en cuenta que toda interpretación tiene algo de subjetiva y que esto no solo ocurre con las adaptaciones al cine o al teatro, sino también con las traducciones, los análisis y las reinterpretaciones literarias. Hay libertad creativa que también forma parte del trabajo artístico y que, de no tenerla, ni caso tiene hablar de expresión artística o sensibilidad.
Dicho todo lo anterior, es importante hablar ahora de la película en sí misma. En primer término, estamos ante una obra de autor, con el sello visible del director, construido a lo largo de toda su filmografía. La cinta vuelve a contar la historia de Odiseo y su largo viaje de regreso, respetando el arco del camino del héroe que le es característico, pero poniendo el acento en temas recurrentes en la filmografía de Nolan: la identidad, la memoria, el tiempo y la ambigüedad moral entre justicia y venganza.
Esto hace que el relato se centre en la humanidad de los personajes: sus delirios, preocupaciones, debilidades y decisiones, que en esta ocasión no dependen totalmente de los caprichos de los dioses, quienes tienen participaciones muy al margen de los debates y las tragedias humanas que la película muestra.
Eso quizá motive la crítica hacia la falta de fidelidad con el relato. Pero es perfectamente comprensible dentro del universo de la película, que nos muestra el verdadero drama humano de un hombre que erró el camino durante años, viendo perderse y peligrar aquello que amó y que tuvo que abandonar a causa de una guerra que cada vez más parece sin sentido.
Nolan, sin embargo, les concede a los dioses la sabiduría de sus mandatos y leyes para la humanidad. Un ejemplo está en la interpretación de la xenía. En la Odisea, la hospitalidad hacia el extraño es uno de los pilares éticos más importantes de la cultura griega y atraviesa toda la obra como un criterio para distinguir a los personajes justos de los injustos. No es solo cortesía o amabilidad: es un mandato sagrado protegido por Zeus. En la obra de Nolan, la hospitalidad hacia el extraño aparece como un tema ético que revela la tensión entre la confianza y el riesgo, y funciona como un motor narrativo que transforma de manera muy íntima a los personajes y detona los principales conflictos de la historia.
De algún modo, Nolan narra la desobediencia a los dioses como un acto imprudente, no siempre inconsciente, que coloca a las personas a merced no de la ira divina, sino de la culpa y de las consecuencias de sus propias decisiones, ambiciones y debilidades.
La cinta, además, tiene pasajes en los que combina géneros: lo épico, lo fantástico e incluso lo terrorífico. Eso provoca que sus tres horas de duración se sientan fluidas, aun con la acostumbrada narrativa no lineal con la que Nolan ha familiarizado al público.
Más allá de eso, la cinta es también un logro técnico que ofrece tomas grandiosas, hechuras no digitalizadas y un cine artesanal que, en esta época de sobredigitalización, se agradece.
Y hablando de lo que parece el punto más polémico, la verdad es que la película está llena de decisiones acertadas en la elección del casting, tanto en los protagónicos —encabezados por Matt Damon y Anne Hathaway, además de Tom Holland, Robert Pattinson y Zendaya— como en los papeles secundarios. Hay muchos trabajos dignos de aplauso, pero mi favorita es Samantha Morgan en el papel de Circe, cuyo relato bien podría formar parte de un corto de terror, con todo y body horror incluido.
Sinceramente, no veo un solo rubro en el que la película no pueda ser destacada por su calidad: música, efectos, actuaciones… en fin.
Nolan nos ofrece una visión única del Odiseo que quizá necesitamos en este momento: no un héroe impecable, ni un elegido por los dioses, sino un hombre roto, contradictorio y obstinado, que debe atravesar sus propias culpas y faltas antes de volver a casa. Ahí está, quizá, la fuerza más vigente de esta historia: recordarnos que el verdadero viaje heroico no consiste en vencer monstruos, sino en sobrevivir a uno mismo. Por eso, esta Odisea importa todavía: porque, 3,000 años después, seguimos buscando el camino de regreso.
