USA, 2026.
Dir. Antoine Fuqua
Reparto: Jaafar Jackson, Colman Domingo, Juliano Valdi, Miles Teller.
En los últimos años, las biopics se han convertido en uno de los géneros cinematográficos más populares y taquilleros. Además, han recibido reconocimiento, ya que trabajos como Bohemian Rhapsody (2018) fueron nominados y premiados en algunas de las ceremonias cinematográficas más importantes, incluso en las de mayor prestigio.
Este fenómeno no es casualidad. La necesidad de mantener vivo el legado de una generación, sumada a la nostalgia, genera en el imaginario colectivo la idea de que todo tiempo pasado fue mejor.
Sin embargo, hablar de Michael Jackson en esos términos resulta mucho más complejo de lo que parece. En primer lugar, es prácticamente imposible abordar su arte sin mencionar sus excentricidades, escándalos y la delicada situación de las acusaciones en su contra.
Con sólo pronunciar el nombre de Michael Jackson basta para abrir el debate sobre las luces y sombras de un ídolo indiscutible. El recurso fácil, tantas veces mencionado—y hasta simplista— de separar la obra del artista, en este caso, resulta completamente inútil y falaz.
La razón es simple: es imposible pensar que un artista de esa dimensión —o en realidad cualquier persona— pueda dividirse dicotómicamente sin que una parte influya o determine a la otra.
La historia de Jackson, su difícil infancia, su soledad interior y las obsesiones infantiles que lo acompañaron toda su vida, no pueden separarse del estruendo que su música y su visión del mundo causaron en públicos de todo el planeta.
Michael Jackson fue siempre un niño necesitado de amor, una persona con graves dificultades para relacionarse con adultos; de ahí su cariño por las infancias y los animales. La cinta se enfoca en contar eso, que no aporta mucho de nuevo a lo que conocemos de él, pero termina siendo una manera de acercarse a la figura del genio desde otra perspectiva.
Y esa perspectiva no es otra que la de la familia. La cinta, dirigida por Antoine Fuqua y producida por toda la familia Jackson —exceptuando a Janet y Paris Jackson— puede interpretarse como una celebración del legado, pero también como un intento muy bien planeado de preservar su imagen (lavarle la cara, si ustedes quieren).
La verdad es que no se escatimaron recursos para destacar la parte más luminosa y poderosa de su legado: la música. Desde los números musicales cuidados al detalle hasta la encarnación de Michael en su sobrino Jaafar Jackson, toda la hechura es poco menos que asombrosa.
Del cuadro actoral destaca por supuesto Colman Domingo, quien hace el papel de Joseph Jackson, el villano de la historia, quien logra provocar en el público una aversión profunda por el personaje, lo que habla muy bien del trabajo de Domingo. También es digno de elogio el trabajo de Juliano Valdi en el papel de un muy joven Michael Jackson quien en varios momentos se roba la pantalla con carisma y talento. Complementan en papeles secundarios Miles Teller y Michael Myers, que cumplen con roles importantes para que la historia avance.
Como siempre que hablamos de una figura tan polémica, el debate se alimenta por una pobre calificación de la crítica, frente a una defensa entusiasta por parte del enorme fandom que se mantiene fiel y vivo ante la figura del Rey del Pop.
Cines llenos con gente cantando, bailando y aplaudiendo. ¿Qué importa si la crítica no está de acuerdo? ¿Qué importa si omitieron el escándalo? ¿Qué importa si le dieron relato a su cambio de color de piel y a sus operaciones estéticas? El Rey está vivo, y al parecer es lo único que importa.
