Llegó a su fin la segunda temporada de Sandman, serie inspirada en la novela gráfica de Neil Gainman y que muchas personas consideran su obra maestra. La historia consta de 75 números -cerca de 16 volúmenes- que fueron ilustrados por distintos artistas. La trama gira en torno a Morpheo, o el Sueño de los eternos, quien tiene poder sobre los relatos, los sueños – incluyendo las pesadillas- y la memoria colectiva.

Morpheo o Sueño es uno de los Eternos, personificaciones arquetípicas de las fuerzas que mueven el universo y la naturaleza de la humanidad. Los siete hermanos: Destino, Destrucción, Deseo, Delirio, Desesperación, Muerte y Sueño, conforman una familia que tiene en sus manos el equilibrio del universo y que, además de ello, deben lidiar con las continuas intrigas y rivalidades entre ellos.
Su naturaleza perdurable hasta el fin de los tiempos los ha hecho un tanto insensibles hacia lo que les sucede a las personas, aunque especialmente en el caso de Sueño y Muerte, vemos como poco a poco esa actitud va transformándose al estar en contacto con los seres humanos, entendiendo poco a poco sus fantasías, temores, rencores e ilusiones.
La historia es una interesantísima mezcla de religiones, mitologías antiguas, leyendas y por supuesto una gran imaginación. Llevarla a la pantalla ya sea grande o televisiva, siempre se antojó como una tarea difícil y quizás hasta imposible, porque resultaría muy costoso producir una historia que está lleno de visiones oníricas, algunas colectivas y otras oscuras e indescriptibles.

La primera temporada, fue un éxito rotundo. Tom Sturridge parecía haber nacido para interpretar el personaje, con ese aire oscuro, misterioso y a su vez, tan triste y melancólico. El gran cuadro actoral, no se quedaba atrás, aún y cuando hubo quejas de “wokismo” – la verdad, sigo sin entender bien a qué se refieren cuando invocan el término para criticar lo que no les gusta- y de inclusión forzada por haber cambiado el color de piel de Muerte y el género de Lucifer y Constantine, interpretadas magistralmente, por cierto, por Kirby Howell-Baptiste , Gwendoline Christie y Jenna Coleman, respectivamente.

Pero la primera temporada logra captar la atención de propios y extraños y nos entrega una versión impecable de tres de los relatos más destacados de la colección. Además, dos capítulos extras a manera de epílogo que destacan tanto en guion como en producción y cuyas historias también forman parte de lo que podríamos llamar el “Universo Sandman”, aunque no vinculadas directamente con la trama de la serie.
Por todo ello, había grandes expectativas para la segunda temporada. Y ya que ha sido transmitida en su totalidad por Netflix, es necesario analizar si se cumplieron, considerando tanto los aspectos internos como externos a la serie. Y la verdad es que el panorama se antoja triste tanto si hablamos del desenlace de la serie, como de la perdurabilidad del legado de Neil Gainman.
A estas alturas, para nadie es un secreto que Neil Gainman está acusado por ocho mujeres de delitos graves como abuso sexual, coerción, manipulación y trata de personas. Y si bien no es el primero ni el más escandaloso de estos casos en la industria del entretenimiento, si destaca por varias razones, algunas ligadas a la naturaleza de las historias que escribe y el impacto que han tenido en generaciones de lectores en todo el mundo.

Algunas personas se preguntarán por qué no podemos simplemente pensar que una cosa es el autor y otra su vida privada, y quedarnos con el debate -nunca terminado- de si es posible separar al autor de su obra y poder seguir nuestro camino.
La verdad es que, en este caso, la cosa es mucho más complicada que sólo hacer de la vista gorda. En la cultura contemporánea, las y los autores no solo son creadores de obras, sino también figuras de legitimación simbólica que comparten amplios grupos de personas.
Su presencia, sus dichos, otorgan sentido, autoridad y valor a los relatos que produce. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando esa figura pierde legitimidad ética frente al público? El caso de Neil Gaiman, acusado de abuso sexual y coerción por múltiples mujeres ha reactivado el debate sobre el poder simbólico del autor y su impacto en la recepción de sus obras, especialmente Sandman, considerada una de las narrativas gráficas más influyentes del siglo XX.

The Sandman, como ya henos dicho, es una obra que articula mitología, filosofía y crítica cultural a través de los personajes de los Eternos: entidades que encarnan fuerzas arquetípicas como Sueño, Muerte, Deseo o Delirio.
La obra ha sido celebrada por su tratamiento de temas como la identidad de género, el trauma y la transformación o la agencia femenina y la ambigüedad del deseo.
Sin embargo, tras las denuncias contra Gaiman, estas temáticas han sido objeto de relecturas críticas, especialmente en lo que respecta a las representaciones de poder, consentimiento y manipulación.
Tan solo piénsenlo por un momento. Hay frases de Morpheo que después de saber lo que sabemos acerca de quién las escribió, toman un cariz totalmente diferente y en algunos casos aterrador. Por ejemplo, cuando Morpheo llega al Infierno y habla con Lucifer, ella le dice que no tiene poder ahí. Morpheo responde con una de las mejores líneas de la serie: “¿Qué poder tendría el infierno si los condenados no pudieran soñar con el cielo?” Sin embargo, ahora no podemos dejar de pensar que la esperanza puede ser usada como forma de sometimiento y que en contextos de abuso, la promesa de redención o afecto puede perpetuar la violencia.

El caso de Neil Gaiman y Sandman nos recuerda que el poder simbólico del autor no es neutro. Está atravesado por relaciones de poder, legitimidad y responsabilidad. En tiempos de transformación cultural, es urgente repensar el lugar del autor en la construcción de sentido, y abrir espacios para una crítica que articule estética, ética y justicia.
Y si bien la postura crítica de las y los espectadores de alguna manera explica la falta de entusiasmo por esta segunda y al parecer final temporada, también es cierto que en ánimo de sacar el contenido y temerosos de nuevos escándalos, los “show runners” al parecer, apresuraron el final, dejando arcos e historias a medio construir y contar.
Y de hecho tampoco podríamos mirar ahora el final de Morpheo, sin pensar en que se trata del propio Gainman estando en la situación de perderlo todo y optar por aceptar sus culpas y el castigo que merecen. Es quizás la proyección del derrumbe del autor, cuando la propia ensoñación ya no es suficiente para sostener el mito.

Pero volviendo a la pregunta de si se cumplieron las expectativas, es claro que no fue así. Y no, no fue por una mala adaptación, el “wokeismo”, o producción pobre que no estuvo a la altura. La segunda temporada de Sandman se hunde porque al final la congruencia cuenta y la prisa por acallar escándalos se traduce en fracasos estruendosos. Si, una auténtica pesadilla para todas las personas que amaban esta historia. Y de hecho es el propio Morpheo, – en realidad Gainman- quien lo afirma. “El propósito de una pesadilla es revelar los miedos de un soñador.»
